Públic
Cuando el discurso no coincide
En muchos espacios donde se habla de inclusión: educación, trabajo social, psicología, intervención comunitaria, ONG, empresas “con valores”, el discurso es impecable: diversidad, escucha, respeto, nadie se queda atrás. Pero, al mismo tiempo, en esos mismos contextos, hay personas que viven exactamente lo contrario: se las ignora, se las borra, se las trata como si no estuvieran, mientras el grupo sigue felicitándose por lo “inclusivo” que es.
A esta fractura entre lo que se predica y lo que se hace se le puede llamar disonancia ética: no es un problema de teoría mal aprendida, sino de práctica moralmente incoherente.
Imagínate ahí, en medio del grupo
Imagínate que entras en un grupo nuevo de personas que no te conocen. Puede ser la primera sesión de una asignatura en la universidad, una reunión de equipo en el trabajo, una asamblea de barrio, un voluntariado, un grupo de madres y padres en el colegio. Te sientas, escuchas, intentas orientarte. En algún momento te presentas, haces una pregunta, comentas algo que te parece útil. Nadie te mira a los ojos. Nadie recoge tu comentario. La conversación sigue, como si hubieras hablado en voz baja en otra habitación.
Vuelves a intentarlo. Formulas mejor la idea, enlazas con algo que ya se está diciendo. Otra vez, nada. Se hacen chistes entre ellos, se responden entre sí, se interrumpen, se apoyan, pero tu presencia no genera reacción. No hay un “cállate”, no hay una burla explícita. Solo un silencio selectivo que se repite, hasta que la sensación de invisibilidad empieza a clavarse: estás, pero no estás; te oyen, pero no cuentan contigo.
Eso es invalidación sutil: te reconocen físicamente, saben que estás ahí, escuchan lo que dices; sin embargo, tu aportación no entra en el circuito de lo que el grupo considera valioso.
De la teoría bonita a la práctica tóxica
Quienes se mueven en ámbitos de “inclusión” suelen manejar muy bien el lenguaje correcto: hablan de desigualdad estructural, de opresiones, de cuidado, de participación. Sin embargo, a la hora de las interacciones concretas, reproducen dinámicas de exclusión: no responden a ciertas personas, nunca retoman sus ideas, toman decisiones de espaldas a ellas o incluso hacen desaparecer su trabajo cuando molesta.
La disonancia ética aparece justo ahí: el valor declarado (“todas las voces son importantes”) choca con el comportamiento real (“estas voces, concretamente, podemos ignorarlas sin consecuencias”). Y lo más perverso es que el malestar no lo siente quien genera esa incoherencia, sino quien la sufre. El grupo puede seguir viéndose a sí mismo como “muy inclusivo” mientras alguien dentro se va apagando poco a poco.
Universidad: cuando el aula se vuelve un filtro silencioso
En la universidad, la exclusión suele presentarse disfrazada de “dinámica de grupo”. En trabajos en equipo, siempre son las mismas personas las que deciden, mientras otras quedan relegadas a tareas invisibles o directamente son ignoradas cuando intentan proponer algo. En clase, determinados estudiantes nunca reciben una réplica, una pregunta, un “¿qué opinas tú?”, aunque levanten la mano o hagan aportaciones por escrito.
La institución puede tener un discurso precioso sobre inclusión, equidad y participación, pero el currículo oculto, lo que realmente se aprende observando cómo se trata a la gente, envía otro mensaje: hay voces centrales y voces prescindibles. Quien se atreve a señalar esa contradicción suele ser etiquetado como “conflictivo” o “hipersensible”, en lugar de ser escuchado como alguien que está señalando un fallo estructural del sistema.
Calle y espacios públicos: la invisibilidad normalizada
Fuera de las instituciones, la dinámica no mejora necesariamente. En la calle, en asociaciones vecinales, en reuniones de comunidad o en asambleas abiertas, también se ejerce esta forma de exclusión silenciosa: personas que intentan participar y son sistemáticamente pasadas por alto, mientras los mismos de siempre ocupan el espacio de la palabra.
A veces se trata de acentos diferentes, de apariencias que no encajan con el perfil dominante del grupo, de estilos de comunicación que no son los hegemónicos. Otras veces es puramente estructura: reuniones donde nunca se pregunta explícitamente a quienes hablan menos, turnos de palabra que se repiten entre un núcleo cerrado, decisiones ya tomadas antes de la asamblea. La persona que no logra entrar en ese circuito sale con la sensación de que “esto no es para mí”, aunque en el cartel se hable de participación ciudadana e inclusión.
Trabajo: Equipos que celebran la diversidad mientras silencian a alguien
En el trabajo, la disonancia ética adopta formas especialmente hipócritas cuando la organización se vende como diversa, socialmente responsable o centrada en las personas. Se celebran días de la diversidad, se cuelgan carteles inclusivos, se hacen formaciones sobre sesgos, pero en las reuniones de equipo ocurre lo mismo de siempre: hay personas cuyos correos nunca se contestan, cuyas ideas son ignoradas hasta que las repite alguien con más poder, cuyos logros se diluyen o se adjudican a otros.
Las plataformas de comunicación interna (chats, correos, intranets) funcionan como amplificadores de estas dinámicas: se responde de inmediato a ciertas personas y se deja en silencio a otras; se comparten proyectos de unos y se omiten sistemáticamente los de otros. No hace falta un insulto ni un conflicto abierto para que alguien entienda perfectamente que, en esa organización, su voz no pesa lo mismo.
Cuando además hay pantallas de por medio
Los entornos digitales: WhatsApp, grupos de mensajería, foros internos, campus virtuales, nubes compartidas, añaden una capa técnica que facilita la exclusión sin que nadie tenga que asumirla de frente. Se puede ver quién ha leído un mensaje y, aun así, hacer como si no hubiera existido. Se puede eliminar un documento concreto en una carpeta compartida mientras se mantienen los de los demás.
En estos casos, la invalidación tiene algo de quirúrgico: no se bloquea a la persona, no se la expulsa del grupo, pero se la va borrando poco a poco de la conversación relevante. El grupo puede justificarlo como “caos digital” o “falta de tiempo”, pero la experiencia subjetiva de quien lo vive es otra: ser testigo de cómo los demás se relacionan entre sí, mientras su propia presencia no genera respuesta.
Lo que esto revela de quienes “trabajan por la inclusión”
Cuando estas dinámicas se dan precisamente entre personas que se dedican profesionalmente a la educación, a lo social o a proyectos “inclusivos”, la pregunta se vuelve incómoda: ¿qué tipo de prácticas llevarán luego a las escuelas, a los servicios, a los proyectos comunitarios, si ni siquiera en sus propios grupos son capaces de sostener la coherencia entre discurso y acción?
La disonancia ética muestra que no basta con dominar el vocabulario de la inclusión ni con acumular formación específica. Si en las interacciones cotidianas en la calle, en la universidad, en el trabajo, en los chats se sigue naturalizando la invisibilización de ciertas personas, lo que se exportará al mundo profesional será una inclusión de escaparate: muy presentable en los documentos, muy pobre en la práctica.
Mirar el problema de frente
Reconocer esta disonancia no es un ejercicio de victimismo, sino una exigencia mínima de honestidad profesional. Quien de verdad quiere trabajar contra la exclusión tiene que empezar por revisar qué hace, en concreto, con las personas que se quedan en silencio en sus grupos, con aquellos a quienes deja sistemáticamente sin respuesta, con las aportaciones que borra sin explicación.
La inclusión no se juega solo en grandes discursos ni en planes estratégicos, sino en decisiones aparentemente pequeñas: a quién miras cuando preguntas “¿qué opináis?”, a quién respondes primero, a quién se invita a decidir, qué trabajos se muestran y cuáles desaparecen. Mientras esas microdecisiones sigan comunicando “no existes” a determinadas personas, cualquier discurso sobre diversidad e inclusión será, como mínimo, moralmente sospechoso.
Romper el vínculo con el rechazo
Hay un punto en el que la tarea ya no es “aguantar” ni “demostrar que mereces estar”, sino romper el vínculo entre la dinámica del grupo y tu valor como persona. Cuando una y otra vez te dejan en silencio, te borran o te tratan como si no estuvieras, el riesgo es que acabes creyendo que ese rechazo dice algo verdadero sobre ti. No lo dice: habla mucho más de cómo está organizado ese contexto y de las cegueras éticas de quienes lo sostienen.
Romper el vínculo significa, primero, nombrar lo que pasa: esto no es falta de habilidades sociales, no es exageración, no es “que no encajes”, es una forma de invalidación que se ha normalizado. Segundo, decidir qué grado de exposición estás dispuesto a tolerar y poner límites claros: protegerte no es rendirte, es no seguir ofreciéndote en espacios que sistemáticamente niegan tu existencia. Tercero, buscar y construir lugares donde tu voz sí tenga efecto: otros grupos, otras redes, otras conversaciones en las que la reciprocidad no sea una excepción, sino la norma.
No se trata de romantizar la huida ni de idealizar nuevos espacios, sino de recordar algo esencial: ningún grupo, por muy “inclusivo” que se declare, tiene derecho a convertirse en el espejo desde el que defines tu propio valor. Cuando logras separar esas dos cosas, los mismos gestos que antes funcionaban como gatillos psicológicos de rechazo dejan de tener tanto poder sobre ti, y la responsabilidad vuelve a colocarse donde debería haber estado desde el principio: en quienes sostienen prácticas de exclusión mientras hablan, en voz muy alta, de inclusión.
Robson Marins
Aquest és un espai de treball personal d'un/a estudiant de la Universitat Oberta de Catalunya. Qualsevol contingut publicat en aquest espai és responsabilitat del seu autor/a.
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