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      Lo que la escuela necesita entender sobre la desregulación

¿Te ha tocado presenciar un momento de crisis en el aula y ver cómo cunde el pánico? En el día a día escolar, lidiar con la desregulación emocional de un alumno es uno de los retos más complejos para los docentes. Sin embargo, hay un error grandísimo que cometemos a menudo: asumir que toda crisis requiere asistencia médica de urgencia.

Hace unos meses, mientras trabajaba en una escuela, me llamaron para acompañar a un adolescente que comenzaba a sufrir una crisis de ansiedad. Nos ubicamos en una sala junto a la pedagoga del centro. El problema fue el abordaje: ella empezó a llamar al padre del chico en su propia cara, hablándole con tono de alarma y tocándolo constantemente, creyendo que lo ayudaba.

Como acababa de incorporarme, me quedé observando la escena para analizar la situación, y rápidamente identifiqué varios errores graves de manejo:

  • Inexistencia de técnicas de regulación: No se aplicó ninguna estrategia básica para contener o calmar la ansiedad en el momento.
  • Aumento del estrés por sobreestimulación: Hablarle y tocarlo sin evaluar si lo necesitaba terminó abrumándolo aún más.
  • Alertar a la familia frente al alumno: Decirle al padre que llamaría a una ambulancia justo delante del chico solo logró convencerlo de que algo grave o peligroso le estaba ocurriendo, disparando aún más su pánico.

Confundir la desregulación con una emergencia clínica no solo desvía el foco de lo que el estudiante realmente necesita, sino que además genera un estigma innecesario. Hoy quiero compartir con ustedes por qué es vital aprender a trazar esta frontera.

Entendiendo la desregulación (sin alarmismos)

La desregulación no es una enfermedad ni un evento médico por defecto; es una respuesta del sistema nervioso ante un entorno que sobrepasa sus herramientas de afrontamiento. Un cambio repentino en la rutina, luces o ruidos molestos, o simplemente la frustración de no hacerse entender, pueden ser detonantes suficientes.

Incluso en el contexto del autismo (TEA), manuales de referencia como el DSM-5 reconocen estos desafíos de autorregulación como parte del espectro, sin calificarlos jamás como emergencias médicas.

El rol real de la escuela: Acompañar, no medicalizar

Cuando tratamos cada desregulación como un problema de salud, la escuela le traspasa la responsabilidad a los médicos y olvida su papel principal: el pedagógico. ¿Qué deberíamos hacer en su lugar?

  • Crear espacios seguros: Priorizar la contención física y ambiental inmediata del estudiante para evitar riesgos.
  • Aplicar adaptaciones pedagógicas: Conocer al alumno y reajustar las exigencias, espacios o estímulos.
  • Estar en sintonía con las familias: La comunicación no debe ser para «dar una queja», sino para coordinar estrategias juntos en equipo.

¿Cuándo sí es una emergencia?

Por supuesto, hay líneas rojas. El equipo médico o los servicios de urgencia se deben activar cuando exista una indicación clara de riesgo vital o una condición clínica que requiera atención física inmediata.

Para todo lo demás, la respuesta correcta es el acompañamiento, la calma y la estrategia pedagógica. Aprender a separar la competencia médica de la educativa no solo evita el pánico, sino que nos ayuda a construir aulas verdaderamente inclusivas.

¿Te ha tocado vivir una situación similar en el colegio o con tus alumnos? ¡Me encantaría leer tu experiencia en los comentarios!