Públic

Quiero contar algo que me ha tocado vivir en primera persona en las aulas universitarias. Quienes me conocen saben que me dedico profundamente a estudiar la psicología del engaño, la manipulación y la ética en las relaciones humanas. Pero una cosa es analizarlo en los libros y otra muy distinta es convertirte en el blanco de una estrategia coordinada de hostigamiento y mobbing por parte de tus propias compañeras de grupo, bajo la mirada pasiva —e incluso cómplice— de la institución.

Todo comenzó con una dinámica asfixiante de fiscalización selectiva. En este trabajo grupal, se estableció un doble rasero brutal. Mientras hacia otro compañero del grupo reinaba una permisividad y un silencio absoluto, hacia mí se volcó una presión insoportable. Se me obligó a corregir, rehacer y repetir mis ejercicios una y otra vez de manera totalmente arbitraria. No buscaban la excelencia académica; buscaban el sometimiento.

Para justificar este maltrato, recurrieron a la manipulación de la realidad (gaslighting). En un momento dado, una de ellas rescató deliberadamente un archivo PDF viejo y desactualizado para intentar humillarme públicamente, señalando “errores” que no existían en mi entrega definitiva. Al alterar el documento en la nube de forma unilateral y forzar un escenario artificial, su objetivo psicológico era perverso: querían socavar mi credibilidad y, sobre todo, hacer que dudara de mí mismo, de mi memoria y de mi propio trabajo.

La inacción del profesorado: Avisar desde el principio no sirvió de nada

Ante este juego sucio, no me quedé de brazos cruzados. Desde el primer momento, estuve enviando de manera privada y sistemática capturas de pantalla (prints) y registros técnicos al profesorado para alertarles de la situación de acoso y de cómo se me estaba obligando a duplicar tareas sin ninguna justificación académica. ¿La respuesta? Ninguna. Mis advertencias fueron ignoradas y la dinámica de abuso siguió escalando ante su pasividad.

Al ver que la vía privada no funcionaba, decidí defenderme con la verdad en el único foro que me quedaba: el espacio público del aula. Compartí las pruebas de la encerrona y confronté la hipocresía de quienes, dedicándose profesionalmente a sectores vulnerables o de apoyo social, muestran una conducta destructiva en privado.

El escudo burocrático de las “acusaciones”

Lo más alarmante de esta experiencia ha sido la reacción de la profesora. En lugar de actuar como una figura justa y examinar los historiales de cambios y los mensajes que demuestran el boicot, prefirió aplicar una “solución” salomónica para proteger el orden de su asignatura.

En un mensaje público, decidió meter a todo el mundo en el mismo saco, minimizando el hostigamiento y catalogando mis pruebas e indignación como simples “acusaciones” y ataques verbales. Acto seguido, cerró el hilo del foro, quitándome de golpe mi derecho a réplica.

Llamar “acusaciones” a la verdad demostrada con capturas y datos técnicos es la salida fácil de la burocracia para no tener que investigar un caso de acoso real. Con esta decisión, la universidad no solo silencia a la víctima, sino que ampara y valida la deslealtad y el juego sucio bajo el pretexto de mantener las formas.

He aprendido que los datos técnicos no tienen opinión y que las capturas de pantalla no mienten. Aunque pretendan imponer una narrativa de falsa cordialidad para tapar el maltrato, mi dignidad y mi derecho a no someterme a la manipulación permanecen intactos. No voy a quedarme callado ante la indefensión institucional.

¿Por qué callar es la forma que tienen otros de “resolver” los problemas que ellos mismos han creado?

Me niego a aceptar esa trampa. Para el sistema y para este tipo de docentes, “resolver” un problema no significa hacer justicia ni buscar la verdad; significa, simplemente, restablecer el silencio y el orden aparente. Quienes operan desde el hostigamiento y el juego sucio actúan en la sombra, y el conflicto solo se vuelve visible cuando la víctima decide plantarse y denunciarlo.